Sotomayor es un pintor con una gran formación académica y con una técnica muy depurada. Su producción enlaza la pintura barroca con las tendencias innovadoras de comienzos del siglo XX, que nunca quiso seguir. Él consideraba que la forma prevalecía sobre la idea y así lo manifestaba: “el arte es la realidad pasada por la personalidad del pintor”. A los años que dedicó a su formación clasicista, hay que sumar las horas que pasó en los museos observando a los grandes maestros, de los que él tomó unos esquemas que luego ajustó a su estilo. Entre sus favoritos, se encuentran los pintores de época barroca ya que su técnica y factura suelta ha sido comparada por los especialistas con la de los barrocos holandeses como Franz Hals, representada principalmente en la importancia que Sotomayor otorga a la figura humana. Para Sotomayor lo esencial de la pintura era la expresión, la integración de luz y color para que ningún elemento predomine sobre los demás y lograr lo que en el siglo XIX se denominó “cuadro de composición”. Así se definía a la obra que debía de poseer un asunto concreto y aunar todos los medios artísticos como la composición, el dibujo y el color. La década de los años 40, en la que se realizó la obra Orando a la Dolorosa (óleo sobre lienzo, 100x80 cm., 1949), fue de gran prosperidad para el artista, ya que continuó su labor como director del Museo del Prado y gran parte de la clase alta de Madrid y otras importantes ciudades lo reclamaban como retratista haciendo que los encargos no cesaran. Asimismo, las exposiciones homenaje y los galardones se sucedían como reconocimiento a una dilatada y excelente trayectoria. Sin embargo, su retiro y descanso lo hallaba en su Galicia natal, donde pasaba temporadas y continuaba pintando con la temática de su tierra como protagonista. En la obra el autor retrata a dos campesinas devotas rezando a la virgen en un interior eclesiástico. En esta ocasión, el autor repite un esquema habitual como es el de situar en la parte derecha las figuras protagonistas con un escenario como fondo. Sotomayor dominaba de forma excepcional el efectismo de la mancha de color y su juego con la luz, que quedaba remarcado por su gran capacidad como dibujante. Su técnica predilecta fue el óleo, pero los géneros fueron muy variados, desde el retrato a la composición histórica o la escena folclórica. De entre ellos, destaca la temática gallega, como se observa en la obra analizada, en la que las protagonistas son dos campesinas de la tierra que vio nacer al artista. Desde que redescubrió Galicia tras haber asistido a la boda de su hermano, las escenas costumbristas idealizadas extraídas de esta tierra fueron una temática común en la producción del artista hasta el final de su vida, como el caso de la obra Orando a la Dolorosa, ejecutada ya con una edad avanzada. Así, retrató principalmente a la mujer gallega en diversas actividades, desde el desempeño de las labores campesinas, a momentos de ocio, aunque casi siempre vestida con ricos trajes regionales que le permitían recrearse en su color. Pero siempre su retrato de Galicia sería idílico, renunciado a adentrarse en la temática social a diferencia de otros autores gallegos contemporáneos suyos.
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Exposiciones:
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Alvarez de Sotomayor, Fernando (1875 - 1960)
Fernando Álvarez de Sotomayor y Zaragoza nace en 1875 en Ferrol, ciudad en la que vive tan solo hasta los cuatro años, cuando tras la muerte del padre, la familia tiene que trasladarse a Castilla. Cursa el bachillerato en Toledo donde, además, recibe sus primeras clases de pintura en el estudio de José Gutiérrez. En 1892 se traslada a Madrid para comenzar los estudios de Derecho, que unos años después abandona para dedicarse únicamente a la pintura. Tras dos años de serias dificultades económicas, consigue una pensión para completar su formación en la Escuela de Bellas Artes de Roma, a donde se traslada formando un trío con Chicharro y Benedito. Con este último viajará, además, a París y a Holanda, donde la pintura de Franz Haals, ejerce una decisoria influencia en el artista.
Tras su regreso a Madrid, en 1904, gana la segunda medalla en la Exposición nacional y dos años después obtiene la primera medalla con su afamada obra “Los abuelos”. Al poco tiempo se casa en La Coruña con la gallega Pilar de Castro. Ya entonces Sotomayor se ha convertido en un pintor de éxito y sus pinturas, y en especial sus retratos, hacían furor entre la burguesía del momento. En los años 1909 y 1910 obtiene nuevas medallas en las Exposiciones Internacionales de Munich, Buenos Aires y Lieja.
En 1908 acepa el puesto de profesor de Colorido y Composición en la escuela Superior de Bellas Artes de Santiago de Chile, de la que finalmente le hacen director. Siete años después regresa a Madrid, donde fija definitivamente su residencia, haciéndose además pintor oficial de la corte. En 1919 es nombrado subdirector del Museo del Prado y tres años después, sustituyendo al fallecido Beruete, toma el cargo de director hasta que se proclama la República y tiene que abandonar el puesto. Finalizada la Guerra Civil, volverá a tomar posesión del cargo, que no abandonará hasta su muerte, en 1960.
En su primera época, la pintura de Sotomayor se orienta hacia la temática mitológica, con la realización de grandes obras en la línea de Rubens, composiciones majestuosas de pinceladas atrevidas, influenciado sin duda por su reciente viaje a Holanda. Posteriormente cultiva unas obras de estética más sobria, en la línea del tenebrismo. El redescubrimiento de Galicia en 1905 marcarán definitivamente la orientación de su trayectoria artística, que se dirigirá más hacia la temática folclorista y al retrato de las gentes y las costumbres campesinas, aunque siempre bajo el prisma de una pintura complaciente y disfrazada de amabilidad, lejos de la reflexión. Técnicamente, se sitúa siempre bajo los parámetros academicistas. Sotomayor cultivó con enorme éxito el retrato, siendo su principal clientela la corte y su entorno y la sociedad aristocrática. Admirado por unos y repudiado por otros, Sotomayor manifestó públicamente durante toda su vida su rechazo absoluto y sin concesiones a las innovaciones plásticas que se iban produciendo durante el siglo XX, paralelamente a los nuevos tiempos. A su reconocido espíritu reaccionario hay que distinguir, sin embargo, un formidable talento artístico y una destreza con los pinceles digna del mayor reconocimiento.