Con probabilidad, esta pareja de cuadros, de reducidas dimensiones y factura sencilla, procede de las paredes de la sala de juegos del yate Azor, propiedad de Francisco Franco. Allí Lugrís, hacia los años cincuenta, y por razones meramente circunstanciales, tuvo que acceder a los deseos del general y realizar una serie de pinturas que decoraran su yate de recreo. Originalmente no fueron ejecutadas directamente sobre la pared, aunque por la técnica empleada, el efecto final semejaba al de unas pinturas murales. Cuando se deshizo la nave, las obras fueron trasladados a soporte móvil y hoy se hallan repartidos por diferentes colecciones. Los motivos representados hacen referencia a temas marinos o relacionados con el juego. Son obras de factura muy sencilla cuyo mayor interés se basa en la propia historia que arrastran consigo.
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Lugrís González, Urbano (1908 - 1973)
Urbano Lugrís nace en 1908 en el seno de una familia de intelectuales de La Coruña, ciudad en la que realiza sus primeros estudios artísticos y donde vive su primera juventud, inmerso en un entorno cultural teñido de ideología nacionalista. A principios de los años treinta se traslada a Madrid, fusionándose con el ambiente vanguardista y bohemio de la capital. Recorre España trabajando en espectáculos y escenografías teatrales, acompañando a Rafael Alberti y Federico García Lorca, entre otros. Durante la Guerra Civil se traslada a Galicia para dedicarse más intensamente a la pintura, aunque continua realizando colaboraciones en revistas, libros o producciones teatrales. En los años cincuenta, época de intensa creatividad artística y gran entusiasmo productivo, saca a la calle, junto a otros intelectuales gallegos, la revista Atlantida, que le sirve de vehículo idóneo para ejercer sus dotes de escritor, poeta y fabulador de historias. Lugrís ha significado para la plástica gallega, con Eugenio Granell y Maruja Mallo, una sustanciosa contribución al movimiento surrealista, cuya trascendencia en las vanguardias históricas de nuestro país alcanzó una magnitud excepcional. Su pintura, marcada por un reseñable sello personal, esta caracterizada por la minuciosidad en el trazo y por un dibujo exquisito, realizado dentro de un contexto fantástico y de ensueño. Los que le conocieron hablan de un hombre ingenioso, divertido y de espíritu noble. La última etapa de su vida está salpicada con tintes depresivos y de melancolía. Con la salud algo debilitada, el gran artista muere en Vigo, a los 65 años de edad.